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Cuestión de credibilidad. La escopeta Nacional 

Cuestión de credibilidad. La escopeta Nacional

La indignación de los españoles ante la corrupción hace que se demande un cambio total para que el fraude no solamente se castigue, sino que se termine con él como sea. Es cuestión de credibilidad. Es surrealista y «subversivo» que con 6 millones de desempleados nos encontremos en los tribunales con escándalos día sí, día no de nuestros dirigentes y gobiernos, y donde ante jueces y fiscales, se habla de un lado y de otro de «coca, fiestas y sobres de dinero negro pululando de aquí para allá». Al mejor estilo Chicago años 20. Triste muy triste. Pero parece que real, demasiado real. Y ante este panorama uno se pregunta, ¿con qué cara se atreverán los gobiernos ahora a pedir honestidad, comprensión y confianza la próxima vez que salgan a explicar más recortes o la necesidad de despedir a más trabajadores o subir impuestos a las empresas? Cuestión de credibilidad. Sea el gobierno que sea, parece que desgraciadamente esto de la corrupción afecta como una mancha de aceite a prácticamente todos los puntos cardinales de este país. Incluso a nivel internacional Putin, «ejemplo de virtudes él en esto de la transparencia y la gobernanza», nos defina como país co-rru-pto, o que el New York Times confeccione monográficos especiales de corrupción en la piel de toro. Lo más fácil es mirar para otro lado y seguir con nuestro camino. Pero no, toca cambiar como sea. A mucha gente esta situación ya le toca el corazón y la dignidad, y es que esto no es serio, es más bien propio de un país de trompeta. De Escopeta Nacional. Pero aquí lo importante es solucionarlo y no seguir arrastrando este vil pasado en el que que aún resuena sin respuesta muchas preguntas regeneracionistas y unamunianas. En este país hay gente nacida en democracia, educada en valores, responsable, formada y honesta que puede hacerlo, y los hay en todos los escalafones de la sociedad. Quizás el primer paso sea un análisis y una reflexión muy profunda, echarle un vistazo a nuestra historia, esa que subyace en el sustrato de nuestro pasado y que en supuesta democracia, moderna, igualitaria y social, debería estar ya completamente desterrado esto de la corrupción. Ya lo dejaba bien claro Vázquez de Alfarache con su «tenían ganado el favor y perdido el temor» en relación a los corruptos de esa España de Oro y de novela pícara del Barroco en la que estos personajes pululaban de despacho en despacho, con el visto bueno y la mirada para otro lado de la Villa y la corte, sintiéndose impunes ante los contratos que se les daban a «dedo» y los favores reales que caían «divinamente» sobre sus ilustres cabezas. Lo calcaban los cronistas de la época, que curiosamente también tenían sus «fiestas, cocas y sobres». Hay cosas que no cambian. En vez de jubones de terciopelo calzan trajes de Versace y gomina extra fuerte. Eso sigue igual. Era sólo cuestión de aguantar el chaparrón que con el paso del tiempo se olvidaría y «ríase la gente cuando ande yo caliente» con los millones de euros o maravedies a buen recaudo. Tenemos una inercia histórica importante que toca ya desterrar.

A la hora de medir la corrupción, en la escala de 0 a 10, los españoles actualmente la cuantificamos en 9,3. La impunidad y la supuesta parálisis judicial y la falta de sentencias firmes y ejemplarizantes parece que levantan aún más las ampollas. Y a pesar de que la máxima maquiavélica parece estar muy de actualidad «que el príncipe no se preocupe de incurrir en la infamia de estos vicios de la corrupción, sin los cuales difícilmente podrá salvar al Estado». Hay cosas en este mundo que no debemos perdonar so pena de enterrarnos cada vez más en la miseria ética y moral (como titulaban nuestros libros de educación de BUP que algunos nos creemos a pie y juntillas), y es aquí donde la justicia está llamada a poner las cosas en su sitio. Muchas son las miradas y esperanzas que ya se están depositando en ella. Quizás es aquí donde la sociedad civil, allá donde esté, desde el periodismo al quehacer cotidiano de cualquier ciudadano, pidamos a los responsables de impartir orden que se tenga por bueno bueno ese dicho de Orwell de que ante la injusticia y la miseria no cabe otra que plantarle cara. Que le pidamos esa «valentía» que uno de los mayores demócratas de la historia, Winston Churchill, definía como el primer escalón y virtud necesaria para los cambios importantes de una sociedad. Toca el tiempo de ser valientes, no nos queda otra. De dar ejemplo, y los políticos honestos, que también los hay, los primeros. Con hechos y también con palabras. Es cuestión de credibilidad. Si no lo hacemos seguiremos sumando paro, desigualdad y corrupción. Seguiremos siendo peores, y de nuevo no nos lo merecemos. En España hay gente apasionante, y la vida realmente en este país como decía el señor Montes, «la vida es y puede ser sencillamente maravillosa».
 

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La pobreza del Diseño Industrial… ¿Desde cuando, y hasta cuando? 

La pobreza del Diseño Industrial… ¿Desde cuando, y hasta cuando?

Casualidades de la vida te llevan a encontrar pequeños tesoros. Leyendo el artículo publicado por el diario el PAÍS“La pobreza del Diseño Industrial” me sorprendí de que un periódico de gran importancia como del que hoy hablamos estableciese como protagonista a una disciplina que hoy por hoy, tristemente, pocos conocemos: El Diseño Industrial, un concepto que contradictoriamente está en todos lados pero sin embargo nadie conoce. ¿La “informática del futuro”? ¿Finalmente ocurrirá como con esta? Tan necesaria en todos los campos hoy pero tan puesta en duda hace tan sólo unas décadas.

El artículo indaga y llega a afirmar que España está pagando cantidades muy elevadas al extranjero por la adquisición de algo que no necesita otra materia prima que la inteligencia: el diseño industrial”. Algo de lo que todo amante de la profesión es consciente, no ya hablando de la “inteligencia” como la materia prima necesaria para un diseñador, pero si siendo conscientes de que las herramientas que éste necesita son más limitadas al menos económicamente que las de otras muchas profesiones. En definitiva, la inversión puede ser mucho inferior. El autor añade “Sucede esto en un país que tiene una rica tradición en el cariño formal al objeto: desde la espada hasta el botijo, desde la capa hasta la guitarra, o la gualdrapa, nuestros antepasados han sabido matrimoniar la eficacia con la belleza. Hace 30 años hablábamos de matrimoniar la eficiencia con la belleza, ahora de adecuar la forma a la función y conseguir un producto atractivo para el usuario. Definiciones muy similares.

El artículo indaga y reconoce al botijo y la espada como dos conceptos, que siendo de un origen tan antiguo, guardan tanta relación con el diseño industrial. Anima a aquellos que son reacios a reconocer que los objetos que nos rodean, tan infravalorados en nuestros país son completamente necesarios a replantearse este pensamiento. Alaba la labor de artesanos y artistas trabajando al unísono, puesto que indudablemente referencia al predecesor del Diseñador Industrial.

Pero lo sorprendente, a la vez que estimulante y triste confirmar que la realidad que hoy vivimos, es una realidad que persiste desde 1884. Llevamos la friolera de 28 años en la misma situación.  La concienciación a la sociedad y a la empresa de la existencia y tremenda necesidad de nuestra profesión hoy en día ha avanzado muy poco desde el 3 de Diciembre del 1984, fecha en la que el artículo del que hablamos se publicó.

Recomendamos encarecidamente la lectura de este artículo a través del siguiente enlace. Lamentablemente se puede leer sin llegar a creer que se haya sido escrito hace 28 años. Hacemos un llamamiento para que las empresas se planteen si efectivamente son conscientes de la existencia e importancia de la figura del Diseñador Industrial.

Artículo El País

 

María Alonso García

Codirectora del área de Diseño Industrial
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Vender es una profesión 

Vender es una profesión

Venimos de un mercado masivo, de un pasado repleto de posibilidades. El presente ha cambiado esa dimensión de mercado que exige múltiples estímulos para el consumo. Lo que hace un año era imprescindible, hoy día es prescindible y sustituible. Hoy si se necesita la satisfacción y la fidelización del cliente para poder vender. Por ello, un vendedor hoy, debe ser un profesional altamente capacitado y considerado como tal. La Venta es UN OFICIO.

Como cualquier oficio, se debe aprender, y como cualquier oficio requiere de método, sistema y organización. El acto de la venta no es ni innato, ni fortuito. Puede y debe aprenderse.

Un vendedor altamente capacitado no solo conoce bien su producto o servicio, conoce su mercado. Conoce su competencia, domina aspectos de marketing relacional y tiene muy clara la propuesta de ventaja competitiva de su empresa y es capaz de comunicarla y hacerla cumplir en sus clientes. Posee método, es riguroso, analiza continuamente las necesidades de su mercado y desarrolla habilidades que fomentan su productividad y competitividad.

Es necesario desdramatizar el acto de la venta. La venta no es un truco de magia, en el oficio de la Venta no existe el azar, todo se basa en un proceso de lógica, práctica y sentido común. El vendedor debe dominar herramientas comerciales, ser conocedor de aspectos de planificación y organización comercial, productividad personal, así como dominar aspectos de inteligencia emocional intra e interpersonal. Los trucos deben ser utilizados en otros menesteres, en la Venta, NUNCA.

Hoy día en el vendedor se valora un perfil tecnológico (imprescindible), pero no deja de ser una mera herramienta al lado de valores más importantes como la seriedad, la profesionalidad, el saber hacer, el saber estar, el intuir y el analizar el mercado, que por muy pequeño que sea, merece el mayor de los respetos. Valores que pertenecen al oficio del vendedor desde que existe el “mercadeo”. Nos hemos olvidado que esta profesión requiere el mismo rigor que cualquier otra actividad si se quiere ser el mejor. Solo se puede aprender de la experiencia de los mejores, de los que dominaron esta disciplina, sólo podemos aprender de la maestría. De la experiencia.

La profesión de vender.
La óptima gestión de un departamento de ventas es una medida, no sólo de generar riqueza, si no de ahorrar. Este resultado sólo depende de la gestión de recursos. Una fuerza de ventas sin timón, será un invitado de honor en la última cena del Titanic.

Un vendedor formado es rentable. Un vendedor no formado es anárquico, impredecible y no tiene reglas. Porque no tiene método. La enseñanza de un método basado en la práctica que analice las necesidades del mercado y desarrolle habilidades en el vendedor fomentarán su proactividad.

Las personas preocupadas en la optimización del proceso de ventas asimilan desde el inicio, que la capacidad analítica y de gestión debe ser una rutina, un entrenamiento diario.

La Venta ha de ser valorada como una disciplina, la venta es un oficio.

El conocimiento del producto y sobre todo de su mercado hará que el vendedor supere todas las barreras. El nivel de exigencia en el Siglo XXI obliga a gestionar desde la estrategia, la planificación, la comunicación y los resultados. El “vendedor” o el departamento de ventas necesita herramientas para establecer relaciones a prueba de competencia con el cliente. Ello hará posible la visibilidad y trazabilidad en su interlocutor del mutuo beneficio del trato que persigue.

José Antonio Padilla.
Es Director General de la Escuela de Ventas Hiágora,
y enseña a Vender.

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Como la orquesta del Titanic... y el silencio 

Como la orquesta del Titanic... y el silencio

Enero de 2013 y el Titanic del talento español (ese olvidado barco de los Peral, Jorge Juan y un sin fin de talento, creatividad y ejemplo de nuestra tierra, que siempre tuvo y que siempre tendrá) sigue hundiéndose. No se solucionan sus graves problemas. Lo que se dice a la deriva y con el cuaderno de bitácora «mirando pa Zambia» en lo socioeconómico y en lo humano (también en materia de cultura emprendedora, ya que ocupamos en el ranking su misma «orgullosa» posición). Colapso, incapacidad y silencio€ como suele ocurrir en cualquier naufragio. Por ese orden. España sigue lastrada en su competitividad, arrastrando en sus aguas y asfixiando a familias, emprendedores y pequeños empresarios, llevándose al fondo de las aguas a la esperanza de futuro. La realidad, la que obliga a cambiar «los programas y los rumbos», se refleja en el INE, que nos dice que la tasa de ahorro de los hogares sigue cayendo en el tercer trimestre de 2012 hasta situarse en el 7,6% de la renta disponible, o lo que es lo mismo, el consumo seguirá deteriorándose y los ingresos de las familias continuarán bajo mínimos durante este año.

El panorama está claro, y mientras la sociedad clama soluciones, detrás de la melodiosa orquesta, para los que aún «les da» el oído para distinguir los cánticos de sirena de «brotes amarillaceos verdosos, tirando a malva», detrás desgraciadamente de esto subyace el silencio. Ese castrante y sempiterno silencio del que ya tenemos dilatada experiencia burocrática y política desde la época de Felipe II, sordina para esconder los 6.000.0000 de desempleados, mutis administrativo, desértico en proyectos esperanzadores, calladas como respuesta ante preguntas y demandas sociales, educativas, empresariales, legislativas, judiciales, incluso constitucionales€ silencio que incluso ya salta las vallas de lo «consciente» para construir teorías, en tiempos sin financiación, enmascaradas por manipulaciones informativas basadas en trucos (como nos dice Alex Grijelmo en su Silencios y como mentir contando hechos verdaderos); esa forma de decir callando, de contar medias verdades, ese silencio que también habla, ese silencio que también puede mentir y que en ocasiones los jueces y fiscales no escuchan en este país de trompeta, en este país de Rinconete y Cortadillo. Silencios municipales, autonómicos y estatales. Incluso judiciales. Silencios ante «accidentes inevitables». Silencios ante las colas de personas desesperadas, que en ocasiones son respondidos afortunadamente con una sonrisa, un café y un bocadillo por ciudadanos y ONG caritativas. Miles de silencios... y nunca pasa nada. Entre estos silencios vive el trágico malentendido llamado España, esa que duele como decía Unamuno. Dónde no nos podemos aturdir más. Porque parece que ya se nos ha olvidado que hay brisas refrescantes, brisas necesarias que son bellas y esperanzadoras. Ese rumbo que se recupera con la reactivación de la economía mediante la fluidez del crédito financiero, reformas fiscales y de gestión administrativa (léase función pública) eficaces. Con una justicia que ponga a cada uno en su lugar y haga respetar las normas del juego, por supuesto civismo y que se deje de una vez de lado ese cainismo político lacerante y estéril que colma según las estadísticas al país de corrupción, carencia de oportunidades y empobrecimiento.

El CIS de este mes de enero del 2013 (aquí habla el «demos o pueblo, no se nos olvide) nos lo deja bien claro. Ante las preguntas ¿cuál es, a su juicio, el principal problema que existe actualmente en España? ¿Y el segundo? ¿Y el tercero? El principal problema es el paro, seguido de los problemas económicos, y en tercer lugar la política. Sobre los dos primeros sabemos como solucionarlos. Son medidas muy claras desde la ciencia y la economía. El problema es la aplicación de las medidas, y ahí es donde esta el tercer problema, porque son los gobiernos, los partidos y sus representantes las que las aplican de éste u de otro modo, los que la lían parda. Y todos sabemos desde Aristóteles que la política es muy necesaria. Pero ¿a qué precio? Y a tenor de los resultados que obtenemos actualmente y que nos ponen a la altura de Zambia.
¿Cómo solventamos ese tercer problema? Con silencios no obviamente.

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